Cuando cayó el muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, el mundo dijo adiós a la guerra fría, o a la guerra entre dos grandes bloques, y aparentemente, hubo un ganador y un perdedor, si hablamos en términos económicos. Sin embargo, ese equilibrio se vino abajo, ya no había dos protagonistas, aparecieron otros, incluso un” gran oso panda de oriente”, llamado China.
Aparte de esos actores, apareció otra variable que tambaleo todas las sociedades del mundo, hablo de las nuevas tecnologías, donde todo se puede saber y se sabe en tiempo real. Donde todo el mundo puede comprar y vender a golpe de ratón, las comunicaciones ya no son necesarias que se hagan presencialmente, con un simple celular podemos contactar con cualquier persona en el planeta.

Si bien por codicia o avaricia, occidente vio la gran oportunidad de fabricar barato en un lugar en el oriente para venderlo a un buen precio en la otra punta del mundo, con unos márgenes muy sustanciosos y la excusa social de aumentar las clases medias en países subdesarrollados. En un principio, parecía que todo marchaba bien, hasta que, la realidad de la crisis del 2008 hizo que una realidad no deseada, pero predecible, apareciera.
La cuestión es que cuando se deja de producir, porque las fábricas se deslocalizan no se consigue reemplazar ese modelo de negocio y las rentas, equivocadamente, se empiezan a subvencionar, se empiezan a endeudar para seguir con ese nivel de vida. Los gastos y las deudas aumentan y cada vez es más difícil poder pagar. Eso unido a que las empresas cada vez ven que sus márgenes menguan, o simplemente quieren recortar los costes, para tener más rentabilidad de sus empresas. Así se forma un coctel perfecto para el gran derrumbe.
Unido al aumento de la emigración y también la mayor esperanza de vida, y en un país que no tiene un sistema de seguridad social, de desempleo, es decir, no hay una subvención para mantener a su población, hace que muchos gobiernos quieran volver a recuperar el modelo anterior, y que las fábricas vuelvan a sus respectivos países. Esto es lo que está intentando, de forma brusca, la nueva administración Trump.
Ahora, los países receptores de esas industrias, sobre todo China, se ha convertido en la fábrica mundial. No le interesa que esa realidad se materialice, sencillamente, porque su PIB depende de las exportaciones a los demás países, vendiendo su competitividad, que cada vez es menor, en los precios bajos de producción.
Sin embargo, dos grandes acontecimientos, como la pandemia y la guerra de Ucrania, han demostrado la perdida de la independencia estratégica de occidente, el cual está dependiendo cada vez mas de oriente, y ya no hablamos solo de rentas, sino poder ser sometido al chantaje, y no poder depender de uno mismo. Puede ser que, haciendo un análisis prospectivo, ese miedo, que ya se ha visto, real, hará que otros protagonistas, sobre todo los demás países europeos, vean que han de recuperar sus economías, para parar dos grandes peligros. La insatisfacción de la población, sin trabajo y sin empleo, a la cual no se la podrá subvencionar eternamente y la revolución tecnológica, con la robótica, y la IA, que demandará grandes recursos, sobre todo energéticos y materiales, puedan ser causas de conflictos en el futuro.
Ahora sería interesante hacer un análisis, sobre las variables y los escenarios que puedan ocurrir en el futuro, donde una parte piensa en una agenda 2030, y la otra, quiere ser la primera potencia mundial, donde la sostenibilidad puede estar en un segundo plano. Vemos dos imperios, uno que resurge, y otro que se está desmoronando y no quiere caer sin luchar, mientras los demás, estamos en el medio. Pero podemos ir preparándonos para arrochelarnos de las oportunidades y reaccionar ante las amenazas.



