
Desde el principio de los tiempos, una de las grandes preocupaciones de la humanidad ha sido la supervivencia, y para subsistir, la alimentación resulta vital. Las regiones con tierras fértiles y abundantes eran codiciadas por otros pueblos. De hecho, los imperios, como el romano, conquistaban territorios no solo para sostener su expansión, sino también para abastecer a la propia Roma. De ahí surgía el deseo de dominar nuevas tierras: no únicamente para acumular poder, sino también para conservarlo.
Sin embargo, cuanto mayor era el imperio, más complejo resultaba mantener su armonía interna, especialmente a la hora de alimentar y satisfacer a ciudadanos, súbditos y esclavos.
Pero la naturaleza es caprichosa y, sobre todo, impredecible. Por ello, desde las creencias en los antiguos dioses hasta las religiones monoteístas, pasando por la propia ciencia, el ser humano ha intentado anticiparse, predecir e incluso influir en los fenómenos atmosféricos para lograr que el clima favorezca tanto las cosechas como la vida cotidiana.
Todos los días consultamos la predicción meteorológica para planificar nuestras acciones y decisiones. El problema es que, al tratarse de previsiones a corto plazo, no siempre podemos adoptar decisiones estratégicas. En consecuencia, la apuesta puede convertirse en un todo o nada: obtener una buena cosecha o, por el contrario, sufrir una gran sequía. Aun así, los productos agrícolas se compran y se venden asumiendo esos riesgos.
Si a esto le sumamos el imparable aumento de la población mundial, aunque de forma desigual según las regiones, junto con el riesgo de agotar los recursos naturales, la tecnología se convierte en una herramienta imprescindible. Su objetivo es lograr productos menos dependientes de la estacionalidad, más resistentes a los cambios climáticos y, sobre todo, capaces de garantizar una producción suficiente para satisfacer los mercados.

Hablamos de productos transgénicos, biotecnología, producción en invernaderos y otras soluciones orientadas a satisfacer una demanda cada vez mayor por parte de la población mundial.
De ahí que los retos sean innumerables. Entre ellos destacan el equilibrio entre las libertades personales y la necesidad de crear alimentos sostenibles, la mejora de la eficiencia productiva, la capacidad de alimentar a más personas con menos recursos, una distribución equilibrada de la producción y la inversión en zonas menos favorecidas por la naturaleza para reducir la dependencia de otros países.
También debemos considerar los cambios climáticos que afectan a nuestro planeta, como el actual calentamiento global y fenómenos como El Niño y La Niña, intentando extrapolar sus consecuencias a corto, medio y largo plazo mediante la observación de patrones y tendencias climáticas.
En mullerestrategic pensamos que los escenarios deben elaborarse tanto a nivel local como global, ya que lo que ocurra en otras zonas del planeta nos afectará, directa o indirectamente. Para ello, resulta necesario analizar acuerdos comerciales, como el de la Unión Europea con el MERCOSUR, así como otros movimientos geoeconómicos. Del mismo modo, la creación de escenarios climáticos, con sus variables y actores, permite dibujar distintas realidades posibles y observar sus comportamientos para verificar si esos escenarios se cumplen o no.
El futuro de la humanidad depende de las decisiones que tomemos hoy. Debemos comprender que las urgencias suelen ser incompatibles con los plazos necesarios para realizar inversiones y ver sus frutos. La ansiedad por obtener resultados inmediatos puede conducir a decisiones equivocadas, capaces de generar más problemas que soluciones. Se trata de un equilibrio complejo que exige liderazgo responsable, información rigurosa y formación de la población sobre los desafíos existentes y sus posibles respuestas.














