
Cuando una persona es joven, empieza a comprender que debe influir o desarrollar capacidad de negociación para alcanzar sus objetivos. En todas las familias suele haber un hijo más favorecido que otro, una sobrina o una nieta, sencillamente porque se percibe una debilidad, una ascendencia concreta o porque, simplemente, escucha con atención mientras otras personas no lo hacen.
Con los años, según la trayectoria profesional, cada individuo va acercándose a maestros, profesores y orientadores que le enseñan y le presentan contactos que podrían resultar útiles en el futuro. Así, aprende a posicionarse con criterio según soplan los vientos, evolucionan los acontecimientos y cambian las circunstancias, siempre contando con la máxima información sobre distintos temas, empresas y personas. Hablamos del arte de la política: saber quién tiene ascendencia y sobre quién se puede ejercer influencia. Cuanto más se asciende en la cadena de mando o en la pirámide de autoridad, mayor es la capacidad de condicionar decisiones y más intentarán incidir en las nuestras; a esto lo llamamos poder.
De ahí la importancia de identificar a quienes poseen la capacidad de tomar decisiones en la empresa privada, en la administración pública, en la justicia, en el ámbito militar, político, social y económico, así como en cualquier escenario sensible en el que nuestra compañía pueda obtener una ventaja.
El riesgo reside en determinar dónde se sitúa la frontera entre la influencia legal y la ilegal. El respeto por las normas, los protocolos o los reglamentos contrasta con la conocida corrupción. Cuando estas prácticas se desarrollan al margen de la ley, acaparan titulares: la adjudicación de contratos públicos, la venta de armas y materiales, los planes urbanísticos, la aprobación de leyes o los nombramientos discrecionales son situaciones habituales.
También debemos reconocer que existen actores visibles y otros menos evidentes, que se refugian en el anonimato para alcanzar sus objetivos, generando la presión necesaria para que el decisor actúe conforme a sus intereses. En algunos lugares del mundo, esta actividad está regulada e incluso profesionalizada, con organizaciones tanto públicas como privadas que declaran abiertamente sus intenciones, metas, métodos de actuación y resultados, con total transparencia ante la opinión pública.
Cuando nos adentramos en el mundo geopolítico, los grupos de presión adquieren una complejidad mucho mayor, como ocurre, por ejemplo, en los mercados del petróleo, la alimentación, el armamento o los laboratorios médicos, capaces de incidir en tratados internacionales e incluso propiciar acuerdos entre países dentro de un gran tablero de ajedrez.

En mullerestrategic tenemos claro que es necesario detectar las variables relevantes y dependientes en cada estudio que se realice, así como examinar cómo los actores alteran dichas variables para orientar los resultados que esperan obtener. Conociendo sus posibles movimientos, podremos trazar escenarios probables y anticipar las reacciones de los protagonistas, los decisores, para determinar su grado de influencia y, de esta manera, validarlos o no como actores estratégicos.
También debe contemplarse la posibilidad de que nuestros clientes ejerzan su lobby particular, desarrollando los análisis pertinentes sobre qué acciones deberían impulsarse, con sus fines y estrategias. Todo ello debe realizarse verificando los resultados y perfeccionando la metodología, siempre dentro de la estricta legalidad.
En conclusión, en un contexto en el que todos buscan ejercer influencia, numerosas circunstancias y acontecimientos nos obligan a tomar decisiones. Por ello, para que nuestro trabajo adquiera mayor peso en los escenarios en los que actuamos, resulta imprescindible crear una vigilancia estratégica de los lobbies en nuestros entornos.














